El pasaporte inmunitario, otra mala idea fruto de las prisas

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Todos queremos salir de esta pandemia, todos queremos que esta situación se acabe lo antes posible y retomar, en la medida de lo posible, aquel mundo que dejamos aparcado en marzo de 2020. Es un deseo lógico y entendible pero puede hacer que caigamos en las prisas, las malas decisiones y las improvisaciones. Durante este año largo ya hemos tenido una buena ración de ocurrencias e ideas lanzadas sin reflexionar, incluyendo una cartilla COVID un despropósito presentado por la Comunidad de Madrid el pasado verano y que, afortunadamente, no llegó a ningún sitio. Ahora es el turno de las vacunas y otra idea comienza a rondar las cabezas de nuestros responsables: el “pasaporte inmunitario”. No es un concepto nuevo, de hecho desde el inicio de la pandemia se han barajado varios planteamientos similares en forma de visados, carnets o documentos que otorgaban determinadas ventajas sociales, económicas o jurídicas.

El “pasaporte inmunitario” no es más que un salvoconducto para que algunas personas, en este caso aquellos que han sido vacunados, puedan ejercer una libertad diferente a la de aquellos que no lo han sido. Ante este concepto general queda claro que es un mecanismo de origen político para recuperar la economía o para incentivar el turismo, pero en ningún caso es una herramienta científica. Es una idea, apresurada y sin meditar, para “salvar las vacaciones de semana santa o la temporada de verano”, como si no hubiéramos tenido ya bastantes ejemplos de que las prisas por recuperar el turismo al final han terminado retrasándolo, costando vidas y empleos por el camino.

La mejor señal de que estamos ante una herramienta política es que surge de políticos. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó hace unos días esta “propuesta legislativa” para crear un “certificado digital que pueda funcionar en verano y que facilite los movimientos dentro de la Unión Europea y al exterior”. Por tanto, es conveniente dejarlo muy claro desde el principio: el denominado pasaporte inmunitario no surge de ningún estudio científico, no hay ningún artículo revisado por pares en ninguna publicación científica que lo avale, tampoco ha aparecido ninguna institución científica que apoye esta idea y la mayoría de los investigadores que se han manifestado, lo han hecho en contra. Pero esto hace tiempo que ha dejado de ser una sorpresa si recordamos el análisis y los datos publicados hace unos meses evidenciando que “la mayoría de los gobiernos no está haciendo caso a los científicos en la pandemia”.

Razones por las que el pasaporte inmunitario es una mala idea

Existen docenas de motivos en contra de un salvoconducto de este tipo. Razones sociológicas, jurídicas, éticas, sin mencionar que permitir o negar derechos básicos en función de si has recibido la vacuna podría ser considerado discriminatorio. Cuando se planteó esta misma idea para las personas que superaran una PCR, la Revista Nature publicó un artículo titulado “Diez razones por las que los pasaportes de inmunidad son una mala idea”, donde afirmaba que restringir el movimiento de las personas utilizando la biología como excusa es una “amenaza a la libertad, la justicia y la salud pública”. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un informe detallando los diferentes riesgos de esta clase de documentos en el contexto de una pandemia.

El “pasaporte inmunitario” es una herramienta política o económica, no científica
Más allá de los criterios éticos, legales y discriminatorios, la principal razón de las dudas es la inmunidad. Se conoce como “pasaporte inmunitario” porque está basado en que si estás vacunado eres inmune y puedes viajar sin riesgo a contagiar o contagiarte… y esto no es cierto. Las vacunas protegen y salvan vidas, por supuesto, sin embargo su eficacia tiene un límite. Si en la práctica alguien vacunado puede contagiarse y, sobre todo, puede contagiar al resto de no vacunados… ¿Qué sentido tiene prohibir o permitir su movilidad por encima de la de otros? Cuestiones tan simples como esta hacen que otorgar un salvoconducto a millones de personas para que se muevan libremente por la Unión Europea pueda convertirse en un verdadero campo de minas.

A pesar de todos estos contratiempos, las prisas por recuperar eso que algunos denominan “normalidad” parecen empujarnos sin remedio a estos pasaportes inmunitarios. No importa el alto precio pagado por actuaciones anteriores para salvar la navidad o las vacaciones, la corriente actual nos empuja sin reflexión hacia estos salvoconductos y, ya que de todas maneras, es irremediable que terminen apareciendo quizá lo mejor sea organizarlos para que sean lo menos perjudiciales posible. Esta es, sin duda, la filosofía de la Royal Society que hace unos días publicaba una guía con “doce criterios para el desarrollo y uso de pasaportes de la vacuna COVID-19”. La propia institución británica reconoce que un certificado de este tipo es “una herramienta imperfecta de pasaporte”, ya que “aún necesitamos más información sobre la eficacia de las vacunas, en particular respecto a la prevención de la infecciosidad y transmisión del SARS-CoV-2, incluyendo la protección contra las diferentes variantes genéticas, y sobre la duración de la protección, tanto a la enfermedad como a la infección”.

Más allá de estos graves inconvenientes, parece que los gobiernos están lanzados y nada los puede parar, por lo que la intención de la Royal Society es aportar algunas claves para minimizar los posibles daños y consecuencias de este tipo de pasaportes. Además de los criterios legales de equidad y no discriminación, más allá de las recomendaciones técnicas y de privacidad, la Royal Society incluye criterios importantes en el ámbito sanitario. Destaca la necesidad de la continua vigilancia y, llegado el caso, una actuación rápida y eficaz para renovar o retirar estos pasaportes. Si se demuestra que una determinada vacuna no es eficaz frente a cualquiera de las variantes del coronavirus, las autoridades deben ser capaces de actuar rápidamente y retirar el pasaporte a los inmunizados con esa vacuna en concreto.

En resumen, la evidencia actual sugiere que un sistema de pasaporte de la vacuna COVID-19 es peligroso y plantea muchas dudas. Sin embargo, es factible y parece que los líderes políticos están decididos a instaurarlo a pesar de que “aún no se cumplen todos los criterios y se deben considerar las consecuencias a más largo plazo”. Suena, otra vez más, a ocurrencia sin demasiada reflexión, una nueva chapuza que sumar a la larga serie de medidas que favorece la economía por encima de la salud.

Acerar el ridículo ritmo de vacunación actual y alcanzar la inmunidad de grupo es la mejor solución para salir antes de esta crisis sanitaria. La incapacidad e ineptitud de los responsables políticos en la mayoría de países europeos para organizar una campaña de vacunación eficaz y rápida, ha derivado en la decisión más fácil. En lugar de acelerar el proceso de vacunación, daremos papeles para viajar y hacer turismo en mitad de la cuarta oleada…