Críticas a Johnson ante nuevo repunte británico del COVID-19

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La crisis que afronta Gran Bretaña este invierno es tristemente familiar: Órdenes de confinamiento y calles vacías. Hospitales a rebosar. Un coste diario de cientos de muertos por coronavirus.

Gran Bretaña es de nuevo el epicentro del brote europeo de COVID-19, y el gobierno del primer ministro, el conservador Boris Johnson, afronta preguntas y descontento.

Muchos países sufren nuevas oleadas del virus, pero la británica está entre las peores y se ha producido tras un espantoso 2020. Más de 3 millones de personas en el país han dado positivo en coronavirus y 81.000 han muerto -30.000 en apenas los últimos 30 días-. La economía se ha encogido en un 8%, se han perdido más de 800.000 empleos y cientos de miles de trabajadores están en un limbo de suspensión temporal de su empleo.

La situación en Londres es “crítica” incluso con la nueva cuarentena, advirtió el viernes el alcalde de Londres, Sadiq Khan, señalando que una de cada 30 personas se había infectado. “La sombría realidad es que nos quedaremos sin camas para pacientes en las próximas semanas a menos que se frene la expansión del virus de forma drástica”, dijo.

El personal sanitario también está al borde del colapso.

“Mientras que antes, todo el mundo estaba en modo ‘Sólo tenemos que pasarlo’ (ahora) todo el mundo está como ‘Allá vamos otra otra vez, ¿puedo con esto?’”, dijo Lindsey Izard, enfermera de cuidados intensivos en el Hospital de St. George en Londres. “Eso es muy, muy duro para nuestro personal”.

Buena parte de la culpa por la mala situación de Gran Bretaña se ha atribuido a Johnson, que contrajo el virus en primavera y terminó en cuidados intensivos. Los críticos dicen que la lenta respuesta de su gobierno cuando el nuevo virus respiratorio salió de China fue el primero de una letal sucesión de errores.

Los titubeos de marzo sobre si ordenar una cuarentena en Gran Bretaña costaron miles de vidas., dijo Anthony Costello, profesor de salud global en el University College de Londres.

Gran Bretaña decretó un confinamiento el 23 de marzo, y Costello señaló que si la decisión se hubiera tomado una semana o dos antes, “estaríamos en 30.000 o 40.000 muertes (…) Más como Alemania”.

“Y el problema es que hemos repetido estas demoras”, dijo Costello, miembro del SAGE Independiente, un grupo de científicos formado como alternativa al oficial Grupo Científico de Asesoría para Emergencias (SAGE, por sus siglas en inglés), que aconseja al gobierno.

La mayoría de los países han tenido problemas durante la pandemia, pero Gran Bretaña tuvo algunas desventajas desde el principio. Su sistema público de salud estaba maltrecho tras años de recortes de presupuestos de gobiernos conservadores centrados en la austeridad. Su capacidad de hacer pruebas diagnósticas del nuevo virus era mínima. Y aunque las autoridades habían hecho planes para pandemias hipotéticas, asumían que serían enfermedades menos contagiosas y mortales.

El gobierno pidió consejo a los científicos, pero las voces críticas señalaron que no se había consultado con un grupo lo bastante diverso de asesores. Y sus recomendaciones no siempre fueron acatadas por un primer ministro propenso a la desregularización y reacio a limitar la economía y la vida cotidiana.

Johnson ha defendido su gestión, diciendo que es fácil encontrar fallos en retrospectiva.

“Los asesores científicos han dicho toda clase de cosas distintas en distintos momentos”, dijo Johnson la semana pasada durante una entrevista en la BBC. “No son unánimes en ningún caso”.

Es probable que una investigación pública futura revise los fallos en la respuesta británica al coronavirus, pero las preguntas ya han empezado.

Según un informe presentado el viernes por el Comité parlamentario de Ciencia y Tecnología, el gobierno no fue lo bastante transparente sobre las recomendaciones científicas que recibió, no aprendió de otros países y respondió demasiado despacio cuando “la pandemia ha exigido que la política se haga y se adapte a un ritmo más rápido”.

El gobierno señala, acertadamente, que se han hecho enormes progresos desde la primavera pasada. Los problemas iniciales para conseguir equipos de protección para el personal sanitario se han resuelto en su mayor parte. Gran Bretaña hace ahora casi medio millón de pruebas de coronavirus al día. Se ha establecido un sistema de pruebas y rastreo para identificar y aislar a los contagiados, aunque tiene problemas para cubrir la demanda y puede solicitar, pero no obligar a que la gente se ponga en aislamiento voluntario.

Los distintos tratamientos han mejorado las tasas de sobreviviencia entre los enfermos graves. Y ahora hay vacunas, tres de ellas ya autorizadas para su uso en Gran Bretaña. El gobierno ha prometido dar la primera de las dos dosis a casi 15 millones de personas, incluidos todos los mayores de 70, para mediados de febrero.

Sin embargo, las voces críticas dicen que el gobierno ha reiterado sus errores al adaptarse demasiado despacio a una situación cambiante.

Cuando las tasas de contagio cayeron durante el verano, el gobierno instó a la gente a volver a restaurantes y centros de trabajo para ayudar a reactivar la economía. Cuando el virus volvió a repuntar el septiembre, Johnson rechazó el consejo de sus asesores científicos de volver a confinar el país, antes de finalmente anunciar una segunda cuarentena nacional de un mes el 31 de octubre.

Las esperanzas de que eso bastara para frenar la expansión del virus desaparecieron en diciembre, cuando los científicos alertaron sobre una nueva variante del virus que era hasta un 70% más contagiosa que la original.

Johnson endureció las restricciones para Londres y el sureste del país, pero el comité asesor científico advirtió el 22 de diciembre que no sería suficiente. Johnson no anunció una tercera cuarentena para Inglaterra hasta casi dos semanas después, el 4 de enero.

Escocia, Gales e Irlanda del Norte deciden sobre su política sanitaria y tienen restricciones similares.

“¿Por qué este primer ministro, con todos los expertos científicos a su disposición, todo el poder para marcar la diferencia, es siempre el último en asimilar lo que hay que hacer?”, preguntó Jonathan Ashworth, vocero de sanidad del opositor Partido Laborista. “Al primer ministro no le faltan datos, le falta buen juicio”.

Costello señaló que no toda la culpa era de Johnson. Señaló que una sensación de “excepcionalismo” había hecho que muchas autoridades británicas vieran las imágenes de Wuhan, China, a principios de 2020 y pensaran “todo eso está pasando en Asia y no va a llegar aquí”.

“No estuvimos a la altura”, dijo. “Y creo que es una llamada de atención”.

John Bell, profesor de medicina en la Universidad de Oxford, señaló que la gente debería ser más comprensiva con los errores del gobierno.

“Es muy fácil ser crítico con cómo lo hemos hecho, pero hay que recordar que nadie ha gestionado una pandemia como esta, no hay nadie que lo haya hecho antes”, dijo a la BBC. “Todos intentamos tomar decisiones sobre la marcha, y de forma inevitable, algunas de esas decisiones serán las erróneas”.

“Todo el mundo debe hacerlo lo mejor que puede, incluido, debo decir, los políticos. De modo que no les castiguen demasiado”.